Charla con un desconocido

Por : Yuraimi Fernández Juvinao

En la escuela nos enseñan acerca de matemáticas, lengua, historia, geografía y otras materias, pero ¿por qué no nos enseñan a ser personas? ¿a enfrentarnos a la cruel realidad? Sentada en aquella banca del parque que parecía ir acorde a mi estado de ánimo, suspiré. 27 años, dedicados al estudio, graduada con las mejores notas, en una carrera que ahora no me estaba dando frutos. No, no era la carrera, era la falta de oportunidad en un mundo que empezó a regirse por la política y las conexiones que tengas.

Estiré mis piernas y miré al cielo ¿estaría alguien observando? desearía volver a ser niña, ¡qué irónico! de niña deseaba ser grande y ahora que lo soy, deseo volver a esos días en donde no había preocupaciones y el juego, el ser libre corriendo y riendo era mi día a día. Me pregunto qué me pasó o bien, ¿por qué la sociedad era tan ruda? Un hombre se sentó a mi lado, me corrí un poco para darle espacio. Aquel hombre tenía una apariencia muy hermosa, me regaló una sonrisa. No sabía qué hacer, así que solo asentí y volví a mirar al cielo. 

– Es hermoso – susurró, su voz erizó mi piel. Era tan varonil y profunda. Lo volví a mirar, sus ojos parecían sonreír. Terminé dándole una sonrisa involuntaria. – Lo es. De pequeña realmente amaba tirarme en el césped e imaginar que los ángeles volaban entre las nubes – reí negando con la cabeza – solía creer que ellos jugaban a las escondidas y yo trataba de pillarlos. 

La risa del hombre fue contagiosa y sentí mi corazón más cálido. Se empezaba a desvanecer la decepción de una entrevista fallida.

– Los niños son realmente inocentes. Tienen una idea del mundo excepcional. Creen hasta en lo que no ven, o quizás… ellos son los únicos capaces de ver lo que los adultos no pueden – fijó su vista en mí. Estaba algo confundida. – ¿Has tenido un mal día? – preguntó con amabilidad, suspiré.

– Diría que los malos días se han convertido en mi vivir – el hombre miró al cielo – ¡Mira! ¡ha pasado un ángel! – exclamó divertido, sin pensarlo levanté la mirada y busqué entre las nubes. Él empezó a reír y yo me sentí un poco tonta. 

– No todo está perdido, has mirado al cielo con la misma inocencia de cuando eras pequeña. Todavía tienes esa magia; mientras la tengas, mientras creas en ángeles, hadas, santa, héroes, en cualquier cosa, hay esperanza – dijo. 

– ¿Por qué?

– Porque entonces habrá amor en ti. Un amor puro y aunque parezca una frase cliché, el amor, es la fuerza más grande del universo. Creo que las escuelas deberían enseñar esto, hablar de esto. Cada persona es una fuente inagotable de amor, de eso estamos llenos, pero el crecer, el crecer los llena de “la realidad” de esa que han ido creando – una sonrisa triste apareció en su rostro. 

– ¿Cuál es esa realidad? – pregunté realmente interesada. Su mirada se cruzó con la mía, nuevamente sentí una corriente invadir mi cuerpo. 

– Dinero – pasó su lengua por el labio inferior – dime ¿por qué olvidaste tu sueño de escribir cuentos? – estaba tan sorprendida – ¿cómo lo sabes? – pregunté de inmediato. Él sonrió negando con la cabeza. 

– Y ahí está el miedo. Miedo a que te descubran. Pude haber adivinado, pudo ser una sugerencia al azar, pero en vez de responder mi pregunta, el miedo te invadió, al parecer, di en el clavo – sonrió – las personas te enseñan a ello, a “protegerte” te enseñan a mentir, a dejar la inocencia, a convertirte en uno de ellos, quitando la libertad que te corresponde desde que respiras. ¿No sucedió igual contigo? – preguntó. 

Tragué saliva, él tenía razón. Salté nerviosa ante su pregunta creyendo que era algún acosador, siempre creyendo lo malo. ¿Desde cuándo me volví así? me sentí realmente avergonzada. 

– Supongo que cuando acabé la escuela. Mis padres decían que eso no daba dinero, el escribir no me daría de comer – él chaqueó sus dedos y me miró – ¿lo ves? de nuevo el dinero – apreté mis labios y moví mis manos nerviosa. 

– Dime, ¿por qué deseabas escribir? – preguntó. Sentí una punzada en mi corazón, nunca nadie me había preguntado la razón y quise llorar. 

– Quería tocar almas. Recuerdo leer libros cuando estaba pequeña y mi imaginación volaba, me gustaba ver a los dinosaurios en mi cabeza, a los príncipes, monstruos, me gustaba terminar un cuento con la satisfacción de un final feliz. Empecé a imaginar muchas cosas y quise crear aquello. Al crecer, quería darles sonrisas a los niños, esas que yo tenía. Un poco de esperanza quizás. Imaginaba a un pequeño que veía conflictos en su hogar, tal vez un poco de violencia en su escuela o la falta de atención de un padre, lo veía solo, pero pensaba que al abrir un libro de cuentos, la soledad desaparecía y podía regalarle una esperanza de que todo iba a estar bien, como el príncipe, la princesa, o aquellos personajes que se convertían en el héroe de las historias. Quería hacerles sentir que no estaban solos y que, aunque fuera por medio de letras, nos conectábamos – El hombre me ofreció su pañuelo, no me había dado cuenta de las lágrimas que corrían por mi rostro, lo tomé y me limpié, mi corazón dolía con algo de nostalgia. 

– Puedes hacerlo ahora – dijo con una sonrisa, lo miré. 

– ¿Y todos los años de estudio? no puedo perderlos – él me regaló una dulce sonrisa. 

– ¿Entonces? ¿prefieres perder los años que te quedan? ¿prefieres vivir en una oficina haciendo algo que no te llena el alma? ¿prefieres vivir todos esos años con la angustia de no saber lo que hubiera ocurrido si fueras escritora? ¿quieres estar sentada en un mecedor, ya cuando la vejez te cobre factura a pocas horas de partir de este mundo y pensar que has perdido tu tiempo? Dime… ¿Qué prefieres? ¿por qué le temes a la felicidad? ¿por el dinero? la felicidad es abundancia, seguramente dará sus frutos. La felicidad es amor, esa fuente inagotable de la que te hablé. La felicidad, es libertad. ¿A qué le temes? ¿A perder esos años de estudio o a empezar a vivir? – rompí en llanto. Había tanta razón en sus palabras. Me había estado sintiendo vacía, sin poder encontrar un empleo, un empleo que no era el que había soñado. Me había olvidado de mí, de lo que deseaba, solo por darle gusto a mis padres, a lo que creía que era correcto, pero no era correcto para mí. El hombre se acercó y me dio un abrazo, mientras daba unas cuantas palmadas en mi espalda. 

– No es tarde. Nunca es tarde para empezar a ser feliz. No temas. Hay personas que necesitan de ti, niños que necesitan esas historias para creer en un mundo mejor y aunque no lo creas, el mundo te necesita. Dentro de tanto caos, la esperanza es el mayor granito de arena – susurró en mi oído. 

En una charla este hombre me había hecho ver el mundo de otra forma, mi vida, todo. Me había llenado de tanta fuerza y valor, para romper las cadenas y volver a ser libre. Me separé de él agradecida y su sonrisa se hizo más amplia. 

– Gracias, de verdad – susurré. 

El hombre se levantó de la banca y yo a su lado para despedirlo. Me miró de nuevo. 

– Sé que serás la mejor. Es tiempo de que apuestes a creer en ti, aunque las personas te digan que es una locura, intenta darte la oportunidad. Fue un placer hablar contigo – dijo a modo de despedida. Asentí realmente agradecida, el hombre caminó, pero se detuvo, volteó a verme y con una sonrisa me dijo – Ah, por cierto. Los ángeles no se esconden entre las nubes, están en el mundo, bajo la apariencia de un humano. Si observas con atención quizás puedas verlos. Gracias por creer, Sara. Es bueno volver a verte – no le había dicho mi nombre, sin embargo, él lo sabía, miré su sombra y unas alas parecían estar. Sonreí, el miedo no me invadía. De pequeña buscaba a los ángeles y ahora, uno de ellos me había encontrado a mí.

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